Mi (no) crisis de los casi 30s.

No cabe duda que el tiempo no corre ¡Vuela! Y así en una navidad por aquí más, otro queque de cumpleaños por allá, ya estoy a poquito más de un mes de subirme al tercer piso ¡Así mismo! Bien vividos o no, ahí veremos en otro post.

La cosa es que con los 30 nacen infinidad de nuevas etiquetas y ahí, es cuando empieza a gestarse para nosotras esa cosa que si no pelamos el ojo nos atropella, conocida como la famosa “crisis de los 30”.

Porque si como yo, los 30 les llegan solteras, sin querendengue conocido y sin hijos, de una no más apagando las velitas sepan que la sociedad les estampó en la frente además de la etiqueta de “vieja”, una enorme de “solterona”.

Si a esa soltería cuchicheada le sumamos el cúmulo de “metas” de los 20 que íbamos (si, tiempo pasado) a tener ya cumplidas a los 30 estalla la cosa, aunque se trate de cosas absurdas de realizar en ese tiempo para los mortales, honrados y que no nos hemos pegado el gordito de fin de año, como tener mansión, carro del año, condo en la playa, millones guardados, conocer medio planeta, etc.

Así que luego de revisar el calendario, divisar la tercera década y pensar un rato, llegué a una sencilla conclusión: No me asusta mi edad, muy por el contrario ¿Y saben por qué?  Porque solo con los años han llegado y se han ido cosas que de otra manera no hubiera sucedido.

Porque a los 30 por fin se despiden tantas inseguridades cargadas durante los 20s y  tantos “¡Ay, qué vergüenza!” para dejar espacio a la seguridad de saber quién soy, que quiero, cómo y cuándo. Porque aún a veces tengo dudas, pero son muchísimas más las certezas y las convicciones.

Porque no importa el qué dirán otros pues gané la libertad de hacer y ser lo que yo quiera y no lo que esperan de mí. Porque reconocí todo el valor que tengo y por eso no acepto menos de lo justo en todos los ámbitos de mi vida.

Porque contrario a sufrirlo, ahora disfruto de un fin de semana completo en mi casa pues ese tiempo lo dedico a mi familia y a mí misma, cuya compañía dicho sea de paso ahora valoro increíblemente.

Y cuando si se sale, los planes cambian de fiestón interminable con juma incluida a idas al cine, cafés y cenas; y no por vejez como muchos dicen, sino por disfrutar más de la compañía, la conversación y el momento.

Porque la cantidad de fotos publicadas ha disminuido considerablemente, pues ya no es necesario demostrar a otros que tengo una vida. Yo lo sé y me concentro lo mayor posible en disfrutarla y vivirla, más que exhibirla. La privacidad es aún más clave para mí.

Porque al fin se reconocer un amigo que me va a acompañar años de un conocido que va a estar en una etapa de mi vida y ya. Y con eso también cambia el orden de prioridades: en los 20 lo primero eran mis amigos, a los 30 sin duda lo más importante y valioso es mi familia.

Porque empiezan a haber menos parejas pero no porque ya esté con fecha de caducidad, sino porque desaparece la cantidad para enfocarse en la calidad, pues como dijo una compañera un día de estos, a los 30 uno ya sabe que el amor no se trata de sentir mariposas en la panza, sino de encontrar un compañero de vida.

Porque me rompieron el corazón muchas veces pero en el proceso aprendí dos cosas fundamentales:
1)     Si la historia es reiterativa no hay que cambiar de prójimo, sino cambiar una.
2)     Antes que el amor por otros, hay que poner siempre el amor propio.

Porque me equivoqué muchas veces, hice berrinche, me auto-compadecí, hice berrinche, aprendí, hice más berrinche, pero seguí y eso me hizo ser una persona más inteligente y más fuerte. Porque ahora me maquillo menos que antes, pero me arreglo mucho más el espíritu.

Porque después de tantos años de guerra fría con mi cuerpo (ese que no es ni será perfecto) por fin empiezo a hacer las paces con él y a preocuparme por su estado, pues aquí no aplica lo del Hilux “no lo maneje, maltrátelo” así que empecé a chinearlo más.

Porque mi relación con Dios pasó de pedirle que no me fuera como en feria por llegar tarde a la casa, a agradecerle por cada cosa que pone en mi vida aún si no las noto por lo cotidiano, a agradecerle por tanto amor y tanta paciencia que ha tenido conmigo estos años.

Porque ya no tengo sueños, tengo metas y objetivos claros, pues se perfectamente cuál es mi capacidad y conozco mis límites, se cuáles son mis fortalezas y mis debilidades.

Porque, en conclusión, a mis casi 30 me siento más yo, más bendecida, más fuerte, más segura, más decidida, más humana, más completa y más feliz de lo que nunca en mi vida me he sentido. Y porque puedo decir con completa serenidad y sinceridad: 

¡Qué se venga ese tercer piso, carajo!


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