Recobrando la inocencia

“Creo que todos nosotros queremos sentir algo que hemos olvidado o a lo que hemos dado la espalda, porque talvez no nos dábamos cuenta de lo mucho que dejábamos atrás. Tenemos que recordar que solíamos ser buenos.” 13 going on 30

Cuando niños trazamos en el aire nuestra vida futura y al crecer, fuimos adaptando el diseño a las circunstancias que vivíamos cambiándolo por voluntad propia, por resignación o por conformismo. La realidad, es que el tiempo con su paso nos construye o “remodela” y no siempre el resultado es lo que realmente queríamos.

A veces es bueno, nos enseña caminos distintos a los conocidos, nos lleva a lugares no imaginados que resultan grandiosos. Otras, nos quita detalles que habíamos colocado con amor, nos opaca los colores con los que estábamos pintados originalmente o nos pincha algún globo de ilusión que sosteníamos con esperanza de verlo dirigirse al cielo.

Entonces despertamos un día con la sensación de que algo falta, algo que teníamos y queríamos seguir teniendo ya no está. Y empieza la cinta para atrás, tratando de recordar detalles pasados, de despertar sensaciones adormecidas por la rutina y la responsabilidad, de hurgar los rincones para encontrar lo que se nos quedó perdido y queremos recuperar, aunque no sepamos exactamente que es. La respuesta es, que perdimos la inocencia.

Esa que no ponía límites a los sueños y las metas, que no conocía de obstáculo que no se pudiera derribar, la que desbordaba igual risas que llanto porque no permitía ocultar/ disimular las emociones, que nos sonrojaba cuando un(a) chic@ nos miraba, sonreía o “piropeaba”; la que hacía los besos especiales y de la “manita sudada” una muestra física de cariño perfectamente aceptable, la que cosechaba amigos verdaderos pues no era compatible con rivalidades, intrigas o intereses secundarios.

La inocencia que nos hacía creer en el amor – no en sexo placentero o relaciones vacías – sino en un acto de entrega sincera sin que esto fuera señal de mojigatería o de ser anticuado. La que no necesitaba de alcohol o fiestas interminables para hacernos disfrutar la vida diariamente, la que nos permitía expresar nuestra fe y religión sin ser señalados como “panderetas”, la que nos dejaba ir en pijamas a la “pulpe” sin avergonzarnos, la que nos hacía gozar con detalles tan simples como el olor de la tierra con las primeras lluvias.

Y no me digan que es parte de crecer y esas cosas, pues ser inocentes no implica ser infantil o ignorante del ‘mundo’. Si bien es cierto todos debemos madurar, cambiar, aprender, producir, descubrir, no tenemos que dejar atrás algo que hace de la vida algo más genuino. Abrir los ojos a nuevas experiencias no es sinónimo de abandonar totalmente las anteriores pues existe el complemento.

Cada quien posee su propio concepto de felicidad y vida plena, y lo respeto. Pero creo que como en la frase inicial, muchos necesitamos y queremos volver a sentir esa chispa que se ha ido apagando en el camino, encontrar en lo simple las sensaciones que acompañen todo lo que hemos podido aprender y vivir a lo largo de nuestra vida.

Mirar atrás y añorar no basta, recobrar la inocencia es un trabajo diario para volver a sentirnos totalmente libres, livianos para vagar en el viento y fuertes para conquistar el mundo. pues como dijo Victor Hugo:

“La fuerza más fuerte de todas es un corazón inocente”

2 comentarios:

ronnyfm | 26 de abril de 2011, 13:47

¿Por qué esa vergüenza por lo que éramos/somos? En mi caso muchas veces fue por intentar encajar en el "grupo de los chivas y cargas". Por qué pagar el precio de dejar ser genuino? Y la lucha continúa...

Mary | 17 de junio de 2011, 16:17

Totalmente, de encajar en lo que socialmente es lo tuanis... Fail por nosotros. Pero nunca es tarde para buscar lo que a uno le queda por dentro.

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