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El desierto de la Prueba


Alguien una vez me dijo que cuando todo parece estar mal y alrededor solo podemos divisar tristeza, vacío y desesperanza es porque estamos atravesando el Desierto de Dios, el Desierto de la Prueba.


Semanas atrás, una serie de factores familiares, laborales y personales sumados a algunos quebrantos de salud de mi mamá por el fallecimiento de dos tías bajo circunstancias muy tristes en menos de un mes, me hicieron recorrer nuevamente ese camino.


Cada día se hacía la carga más pesada y la sonrisa mas ausente. La duda iba llenando todos los espacios que dejaba el desvanecimiento de la certeza y comencé a ceder ante el presente el terreno que quería ganarme para el futuro dejando todas las puertas abiertas a la tristeza que no tardó mucho en llegar.


Con la desesperación a cuestas y los ojos nublados de lágrimas, fui al único lugar donde siempre he encontrado las respuestas a los acertijos más complicados que he enfrentado. Crucé la puerta (ancha para recibir siempre a todo el que quiera entrar) y caminé hacia el frente sin poder, o querer, detenerme a pensar hasta que estando de rodillas escuché la tan famosa frase “Cuénteme sus pecados”.


No supe que responder. Era claro que no es estaba ahí para hacer algo en lo que hace muchos años dejé de creer y que hacía muchos más había dejado de practicar. Solo necesitaba una frase o una palabra que me reconfortara y al escuchar solo “no se desespere y venga a misa los domingos” recordé porque muchos nos alejamos de la iglesia: no encontramos lo que necesitamos. Solo me quedaba llorar en una banca, pues a pesar de la indiferencia y la apresurada bendición del padre aún me quedaba fe y sentía la necesidad de estar ahí.


Hablé con Dios (aunque él sabía todo) y le dije cuanto sentía. Saqué en llanto y oración todo lo que por semanas o quizás meses fui acumulando en el pecho y se lo entregué… porque simplemente no podía más. Y él como siempre lo hace me escuchó, pues al término de 3 horas por ese puerta grande salió la mujer que me gusta ser y compartir con los demás, la que cree que todo en la vida es posible, la que sonríe y le brillan los ojos de fe en un mañana mejor y un presente infinitamente bendecido, la que sabe que los segundos no son una carga sino un milagro.


Y es que siempre podemos elegir ser felices, pero también, por nuestra característica humana somos vulnerables al dolor y frágiles ante ciertas circunstancias, pero debemos tratar siempre de recordar que tal como el barro en el horno, necesitamos ser sometidos a ciertas cosas para poder formarnos, para poder ser más fuertes.


Es claro que las respuestas y el consuelo no están en el mismo lugar para todos, y lo que yo encontré ese día en la iglesia, otros pueden encontrarlo en un parque, bajo un árbol, caminando por la calle o escalando una montaña. Pero siempre hay un lugar a donde ir y un mañana en que confiar.


Y si hoy sienten un deseo enorme de correr, gritar y llorar con todas sus fuerzas ¡háganlo! Pero después vuelvan a levantar la frente, tómense de la mano de ese ser superior que los puede guiar y luchen por construir una realidad diferente para sus vidas.


Todos caemos en algún momento, perdemos cosas o personas que queremos, sentimos que el dolor va a terminar destruyéndonos por completo y que quizás nada de lo que hacemos o somos vale la pena, pero todo eso no son más que etapas que así como empiezan un día terminan. Las dificultades son gradas que debemos subir y cuando se llega al final de la escalera se puede observar mejor porque el punto es más alto. (Gracias Palma por esta frase).


Pensé mucho en escribir o no esta historia porque encierra sentimientos y circunstancias muy personales que generalmente prefiero guardarme para mi, pero luego pensé en que quizá alguien que lo lea esté igual de abrumado como lo estuve yo, y mis letras puedan de alguna manera hacerle sentir que no está solo ante la prueba y que siempre cuando la noche se torna más oscura que nunca es porque está a punto de amanecer…

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